La hora final



Cuando ella salió de su casa todo el patio era un desastre. Habían cadáveres por doquier; todos ellos de gente que no conocía. Cada cuerpo se iba descomponiendo a una velocidad realmente notable; las moscas y los gusanos no tardaron en aparecer y en rodear a los fallecidos.


Ella, la niña rubia y de vestido rojizo comenzó a andar aterrada -pero curiosa, como todo niño- por el jardín, esquivando cada tres pasos a un muerto. El olor putrefacto del ambiente parecía marchitar a los rosales que tanto trabajo le habían dado a Bob, el jardinero.


Llegando al portón de entrada, se encontró con una señora - o señorita, no sabría decirles – alta y delgada, vistiendo un sobretodo negro y botas de tacón, su cabeza estaba cubierta por un pañuelo y sus manos escondidas en sus bolsillos.

La mujer se encontraba de espalda, por lo cual la rubiecita no pudo saber si se trataba de un familiar, amiga de familia, vecina, maestra, vendedora, empleada o de cualquier persona que ella conociera.


- ¿Hola? - Se animó a decir.

- ¿Por qué no estas descomponiéndote como los demás? - Le respondió la figura femenina con voz más bien de timbre masculino.



Los piecitos de sandalias y medias con bolado tambalearon y se escuchó el crujido de las hojas secas del Níspero en el suelo.

No sé cuantos años tendría si ocho o siete, si seis o cinco .Parecía muy grande y alta, pero la vestimenta hacia a uno dudar. Quedó muy seria y con los ojitos azulados miraba a la silueta que se encontraba a tan solo dos metros de ella.


- Llegaste tarde a la hora final pequeña, no creas que yo lo hice… ¡No! ¡No! ¡No! – le dijo meneando la cabeza -  yo no hago ese trabajo sucio de apuñalar, disparar, desangrentar, ahorcar, envenenar…asesinar – la última palabra que salió de esa mujer, sonó mas como un susurro, un susurro suave, tierno, dulce, de enamorados, como si esa palabra envolviera alguna dulzura oculta - yo solo miro, contemplo y mi trabajo está cumplido -  Respiró y exhalo muy hondo. Sacó un cigarrillo y un encendedor de su bolsillo, y dejando visible sus manos recubiertas por acuerados guantes negros lo encendió. - ¿Gustas? – Le preguntó a la niñita.


-Cuando mi papi fuma mi mami le dice que es malo. Fumar es malo. Mi mami siempre me advierte de que nunca fume, es veneno lento. Mi papi… - 


Fue interrumpida por la extraña mujer.


-Tu papi no se morirá por fumar querida, morirá por estar en el lugar y momento inadecuado, en un atraco, pobre infeliz, quien diría que ir a comprar un litro de leche acabaría con su vida. Una bala tirada al azar por un novato asaltante que  irónicamente irá a parar en su pulmón, contaminado de este dichoso ¿cómo era que dijiste? ¡Veneno lento! Aunque no será tu caso, tú, tú tuviste más suerte nena, sobreviviste unos minutos más a tu hora. Eso merece un premio.


- ¿Premio? – Toda la historia de la leche, él asaltante y la muerte de su padre fueron borradas por esta palabra, - ustedes ya sabrán como son los niños -  les encantan los premios y regalos y la verdad era que el discursito de la misteriosa visitante no le parecía verosímil a la pequeña. Los niños son muy curiosos y confusos y más cuando hay cadáveres en su jardín y no suelen entender lo que pasa a su alrededor, solo preguntan, hablan con extraños, vuelven a preguntar, se meten en problemas, no reconocen el peligro y finalmente una extraña acaba contándote como morirá tu padre.


- Si, un premio. ¿Adivina qué?


-¿Golosinas? ¿Una muñeca? ¿Un cochecito para pasear a mi bebé?


- No, no, no – Le respondió con lentitud – El premio es conocerme.


Y dicho eso, dejó ver su rostro sin piel, y su sonrisa sin labios.

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